| ...como un inquilino entrometido,
como una chispa transitoria nacida entre las aguas.
Nadie pudo detenerlo, ni la gente, ni la tierra, ni las casas;
su curso era inmutable. Corre por las entrañas de este
pueblo al igual que una gran arteria del cuerpo humano reescribiendo
en las piedras su pasado.
Anhelaba riquezas, suelos antiguos que circundar, y en su
afán de expansión lo inundó todo. Aún
hoy los viejos recuerdan con añoranza aquellos tiempos
en los que cualquier cosa, incluso los corazones estaban de
mudanza.
Tan acostumbrados estamos a verlo que apenas si se nota su
presencia, pero de todo quedan huellas, vestigios, y la historia
de Portomarín reside bajo sus aguas.
Como cada mañana el nuevo pueblo despierta envuelto
en la niebla y los fantasmas que emergen del río. Los
más madrugadores comienzan a levantarse y entonces
estos huyen rápidamente a las aguas del Miño
para no ser descubiertos, dejando así intacto su paisaje.
Los peregrinos arrastran sus piés por las calles y
bombardean con fotos la iglesia de San Nicolás, que
les recibe y posa para ellos con la mejor de sus sonrisas.
Me pregunto en qué piensan cuando la miran, porque
cuando la observo siento que a pesar de todo tengo un poco
más de fe en el ser humano. ¿Es el hombre, que
ha demostrado cometer las mayores atrocidades, el mismo hombre
que ha sido capaz de trasladar y reconstruir una iglesia piedra
a piedra con el objeto de que perdure su belleza?
Susurraré la historia a un peregrino errante, la historia
de un pueblo ahogado, en donde el Miño nos muestra
de vez en cuando los restos y los fantasmas, para recordanos
que siempre están ahí.
O'MIRADOR
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